Joseph “El Ruso” Cherkashyn, y la genética cosaca

Pablo RetamalEntrevistas1 hour ago17 Views

Campeón latino, entrenador y referente comunal, el invicto Joseph “El Ruso” Cherkashyn repasa su formación, los sacrificios de una carrera autogestionada y su regreso al ring tras una lesión, con la mirada puesta en nuevos desafíos internacionales.

“Por los cabros que crecen en contextos donde el riesgo está siempre cerca”, declaró emocionado el puentealtino Joseph “El Ruso” Cherkashyn el 19 de abril de 2026, en la inauguración del mural en su honor, un reconocimiento liderado por artistas locales y el municipio de Puente Alto, en una iniciativa que ocupa espacios públicos con la identidad de las figuras más icónicas de la comuna. Dos meses antes, Joseph había sido galardonado como el Mejor Boxeador Profesional del año, por el prestigioso Círculo de Periodistas Deportivos de Chile. Venía de un 2025 estelar. El 23 de agosto se había hecho del título latino de peso welter de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), luego de haber conquistado, en febrero, el título latinoamericano del Consejo Mundial de Boxeo (CMB). Joseph suma estos logros a una carrera de 17 años como boxeador, incluyendo un recorrido de ocho años y sobre 100 peleas a su haber como parte del Team Chile.

Acordé con Joseph visitarlo en Pura Vida Boxing, gimnasio donde entrena e imparte clases, que cofundó el 2022 junto a un grupo de amigos. Llego media hora antes con la idea de ser testigo de una muestra de su rutina de entrenamiento, del conocido rigor al que es sometido un boxeador profesional. Ubicado en la comuna de Lo Barnechea, Pura Vida Boxing huele a cuero y caucho, pero sobre todo a disciplina. De fondo suena música urbana. Al cuadrilátero central lo rodea una alineación de costales y peras, paredes espejadas, posters de campeones, zona de cuerdas, pesas e implementos varios. Cherkashyn sobre el ring, reluce de guantes rojos y sin camisa, donde alterna sucesivos rounds con dos de sus sparring, en rondas cronometradas de tres minutos cada una, con no más de sesenta segundos de descanso. El semblante de Joseph no refleja lo extenuante de una sesión que ya supera las dos horas. El campeón luce joven, dominante. El faf, faf, faf de sus golpes sería letal en mentones e hígados de sus sparrings, no fuera por los cabezales y pectorales que visten. Joseph se ordena a sí mismo, se exige, visualiza mejoras, y ante el menú de ataques al que se le somete, responde con golpes precisos y giros.

Luego desciende del ring con soltura, mientras se saca los guantes y reparte instrucciones al equipo. Se acerca jadeante y saluda con gentileza, con las pupilas aún dilatadas por el simulacro de combate. Cherkashyn tiene la mirada de una fiera, una que mide riesgos y anticipa oportunidades, un camino hacia un mentón, una zona descubierta de un cuerpo ajeno. Causar daño, tanto como resultar ileso.

Foto: Corporación Municipal de Deportes Puente Alto.

Me pide esperarlo unos minutos más, y se dirige a la zona espejada, donde, por otros quince minutos, ensaya ejercicios de postura, la guardia, el juego de piernas, en movimientos intensos e incrementales. Un cuerpo a punto de estallar, un boxeador vigente en acción.

Sentados al borde del ring, leo las palabras citadas al inicio de este reportaje, que reconoce como suyas. Me dice que él es la prueba del “crecer en contextos de riesgo”, que el boxeo lo sacó de ahí. Ni el alcohol ni la droga llegaron a ser amenazas, dice, aun rondando su vida. Fue un riesgo latente, una avalancha que logró llevarse a varios de su entorno, y que fácilmente pudo arrastrarlo, no fuera por las rutinas de entrenamiento, los logros tempranos, los años bajo el Team Chile.

Le pregunto sobre el camino para ser campeón, y me habla de los años de entrenamiento con Jesús Martínez Peña, su formador, el cubano eminencia del boxeo competitivo, quien fuera head coach de la Selección Nacional de Boxeo Olímpico, y de quien hereda el estilo ortodoxo. Me habla de las horas incontables sobre el cuadrilátero, entre los “fierros”, de la monotonía de los días. Habla con suma convicción de lo deportivo, del “sangre, sudor y lágrimas”, que lleva tatuado en el pecho junto al nombre de su mujer.

Como tantos otros, Joseph tuvo un mentor, una revelación, sufrió una conversión, desde un peleador temerario, a uno que logró conducir la ira, hacerse un deportista, cuidar y pulir sus herramientas.

Cus D’Amato, el célebre entrenador de Mike Tyson o Floyd Patterson decía que el boxeo “es una batalla contra el miedo”. Cherkashyn cuenta que de cabro era un verdadero “fideo”, flaco y desnutrido, y que sacar cuerpo representó un desafío que le tomó seis meses superar. Y que aun cuando privilegió siempre evitar los conflictos, tenía el impulso de “echar la choreada” por nada, hasta que le tocó servir de sparring por primera vez, algo que lo llenó de miedo. Pero no pudo negarse. Se trataba de un boxeador de la selección nacional, que por esos días iniciaba su entrenamiento en el gimnasio donde era asiduo. Quizá fue ahí donde asomó por primera vez la genética rusa, heredada de su abuelo, forjada en el frío de la estepa hostil, donde la adversidad es el estado natural de las cosas.

Hoy, de ese flaco no queda más que la mirada sagaz, pues a ocho años de su debut como boxeador profesional de la categoría mediano, a Joseph Cherkashyn nadie ha logrado derribarlo. Lleva un registro de 15 peleas, 5 de ellas ganadas por nocaut.

“Está llegando tarde”, llama la atención a uno de los pupilos adolescentes que entrena, y quien trata de colarse desapercibido. “Disculpe profesor”, responde el joven, que apura el paso a sumarse a otros que ensayan movimientos alineados, puños en alto, talón atrás. “Acá se empieza a la hora” le regaña el profe.

Joseph espera defender el título de la WBC categoría mediano antes de fin de año. Debe recuperarse de una rotura de tendón de su mano que lo tuvo por tres meses fuera del ring. Pero Joseph no recula. No es dramático. Lista sus dificultades con la autosuficiencia de un cosaco: no tengo esquina, y hoy mi preparación la hago solo, con mis sparrings.

“En Chile”, dice, “el talento de boxeo se lo gestiona cada uno. Eso lo entendí años atrás. No ha sido ni el Estado, ni la federación. Son irrelevantes. Tengo varios compañeros, mejores que yo que han quedado atrás. Mis viajes y la esquina me la pago yo. A ratos puede quitar el sueño, pero tengo el apoyo de mi mujer, de mi equipo, de mis amigos, del municipio”.

El pasado 3 de octubre, en el gimnasio El Volcán de Puente Alto, con lleno total, “El Ruso” se midió ante el experimentado peruano Jairo Morán, “El Castigador”, en una pelea estelar de exhibición, quedándose con el combate en una decisión unánime. Concreta así un exitoso retorno al boxeo profesional. Este triunfo lo encamina hacia su siguiente desafío, partir en una gira internacional preparatoria de dos meses.

El portal de noticias puentealtino celebró con orgullo su victoria, titulando la noticia, “Hay Ruso para rato”.

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