El hombre y el mar, la epopeya de César “Kalule” Barría

Son las 4:00 am y la barcaza Queulat llega a la isla de Melinka en la región de Aysén, en medio de una lluvia torrencial, más parecida a una ducha que a una lluvia típica de la zona central. Desembarco en el muelle y un joven de aspecto tímido me llama y me dice “bienvenido a las Islas Guaitecas”, en medio la lluvia llegamos a la espectacular pensión de Doña Rosario Saldivia, quien con una típica hospitalidad sureña me hospeda durante los tres días que pasé en las Islas Guaitecas, llamada así por el archipiélago que rodea la punta rocosa habitada llamada “Melinka”(la queridita, debido a sus orígenes rusos), el primer día bajo una lluvia torrencial, es poco lo que puedo conocer, sin embargo en el almuerzo, converso con los trabajadores del lugar.

En las islas durante la época estival es un lugar de relativo turismo, es básicamente un punto de trabajo en torno a la pesca de la centolla, erizos, mariscos y las omnipresentes salmoneras, avionetas que apenas se sostienen en el fuerte viento llevan a los trabajadores a sus cambios de turno. La isla es un lugar duro, con un clima impredecible y fuertes precipitaciones durante todo el año, cualquier empresa en este lugar es una proeza titánica.

Esta es la historia de uno de esos trabajos dignos de Hércules, la entrega al boxeo de César “Kalule” Barria, en Melinka, quien trabaja con niños de 17:00 hrs a 18:00, y con adultos de 19:00 a 21:00 hrs.

La primera sesión es la clase infantil, muy popular, asisten casi 20 niños, un número elevado para los estándares de la isla.  En medio del caos infantil, César logra imponer el orden, diciendo a los más “grandes” que deben mantener la compostura y dar el ejemplo. Así comienza la clase, con ejercicios tan antiguos como el boxeo mismo, la soga para los esquives es el más popular, la alegría de los niños es notoria en el aire.

Tienen un espíritu particular, parecen disfrutar cada cosa que hacen, la soga, los paragolpes, los ejercicios de coordinación, algunos a ratos toman los escudos y los ocupan de caballos. Hay que reconocer que la paciencia infinita de César y su pareja parecen no tener límites. Así, después de una hora y media, los niños han completado su rutina, con trotes, ejercicios de coordinación, focos, sombra, soga y finalmente todos terminan agotados pero contentos.

César me explica, sobre la necesidad de la práctica de otros deportes en la isla, ya que antes, solo el fútbol primaba y quien no pudiera practicarlo quedaba excluido. Sin embargo, en los últimos años, el municipio de Guaitecas ha hecho esfuerzos constantes por lograr equipar un gimnasio que cuenta con varios tipos de disciplinas, entre las cuales está el boxeo. Después de la sección de los niños, comienza la práctica de los adultos, quienes, me comenta Cesar, muchos de ellos están embarcados y en ocasiones están hasta dos semanas fuera de los buques pesqueros. Cuando estos logran estar en la isla, acuden a entrenar. Lo particular de estos entrenamientos y dada la naturaleza geográfica de la isla, es que en el mismo lugar entrenan el administrador municipal y los pescadores, no existiendo la división que en ocasiones podemos ver en Santiago.

Cesar, se centra en que aprendan los desplazamientos, las posturas y el boxeo tradicional como ha sido durante los últimos 100 años, nada de ejercicios extraños, coreografías cinematográficas y crossfit comercial. Como siempre he dicho, el boxeo básico y letal.

Luego de una caminata por los alucinantes paisajes de la isla, en donde quedo sorprendido por las capacidades de su perro “el Manny”, llamado así en honor al boxeador filipino, que parece poder escalar cada roca que existe en este promontorio rocoso, de las Islas Guaitecas, caminamos entre abundantes vetas de cuarzo, lo que le dan a la isla un paisaje casi extraterrestre, en medio de un verde con varios tonos de color y un suelo de basalto negro salpicado por rocas de cuarzo abundantes, comiendo nalcas silvestres, que parecen salidas de la prehistoria. Cesar me cuenta, sobre su vida y su visión del boxeo “desde abajo”, creció en las calles de Castro, desde donde fue acogido y ayudado por el también boxeador profesional Santiago Cardenas, quien lo introdujo en los circuitos de los deportes de contacto, desde temprana edad participó en campeonatos de boxeo y de kick boxing en categoría gallo, donde paulatinamente fue haciéndose un nombre, poco a poco fue creciendo, pero así mismo las malas compañías en Castro, en donde tras un pasado oscuro, se fue hasta la lejana isla de Melinka, en donde todo es difícil por la lejanía del lugar, me comenta que la dificultad, que tuvo al llegar, son las horas de oscuridad y aislamiento que tiene la isla, su vida como pescador de erizos, me muestra la quemaduras que produce la ponzoña de los moluscos, producen marcas permanentes en las manos.

Así se desenvolvió su estadía en el archipiélago de las Guaitecas, hasta que pudo implementar el boxeo como taller deportivo, con el apoyo de la municipalidad. Esto último fue fundamental para sacar adelante un grupo que pudiera competir y mantenerse entrenando.

César me habla sobre su visión del boxeo, que define como desde las poblaciones, viendo el boxeo como un deporte duro en el cual el sacrificio es vital y sobre todo el hambre, esa que sienten pescadores, buzos y los habitantes de zonas tan distantes de nuestro país.  Finalmente, es una metáfora de la lucha diaria por la sobrevivencia en lugares tan apartados, donde cualquier cosa cuesta el doble. El trabajo de César en la isla es complejo, sobre todo por la implementación, cosas tan sencillas como un bucal pueden costar el triple solo por traerlas de Chiloé.  Aun así, César “Kalule” Barria, mira al océano de un azul infinito y sonríe, al fin en las Guaitecas siempre se sobrevive.

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