Arrastrando los pies, Muhammad Alí llega a la silla de su esquina y se deja caer. Angelo Dundee, su célebre entrenador, ingresa a su rescate al ring para rehabilitarlo en el minuto de descanso.

Pero Alí, el triple campeón mundial de los pesos pesados que defiende los cinturones de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) y Consejo Mundial de Boxeo (CMB), le suplica a Dundee que le quite las cintas que cubren los cordones de los guantes.

—Tira la toalla –expresa ‘El más grande’–. No puedo más.

Dundee, que había estado en su rincón en cada una de sus peleas profesionales, incluyendo en la consagración de 11 años atrás ante Sonny Liston, lo alenta a seguir:

—Solo quedan tres minutos de pelea –dice Dundee–. Él está más golpeado que tú.

En el rincón opuesto, Eddie Futch, el no menos famoso entrenador del excampeón mundial Joe Frazier, al ver llegar a su pupilo arrastrando igualmente los pies, casi que llevado por el árbitro, con los ojos cerrados y perdiendo por decisión de los jueces, le manifesta ex profeso al retador que detendrá la confrontación.

Dueño de un coraje como muy pocos en la historia del pugilismo, Frazier se resiste:

—No, no, Eddie. No puede hacerme eso –dice–. Lo quiero, jefe. Todavía puedo hacerlo…

—Nadie va a olvidar lo que hiciste hoy aquí –responde Futch, y, apoyando una mano en el pecho de Frazier le indica de inmediato, con la otra, al árbitro que no había más acción.

Justo en ese momento, Dundee voltea y ve la señal de Futch. Alí era el ganador por nocaut técnico porque Frazier no continuaba para el último asalto de la considerada más intensa,afamada y mejor pelea de boxeo de todos los tiempos: The Thrilla in Manila (‘El suspenso en Manila’).

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