La batalla que disputaron el campeón reinante Deontay Wilder y Luis Ortiz por el título pesado del CMB fue más allá de las previsiones, casi rompe todos los pronósticos y cristalizó una injusta victoria del estadounidense.

Tan dramática e inmerecida que, aunque parezca un contrasentido, fue inevitable colocar ese título, fue injusto el KO y fue injusta la ayuda que le dieron al campeón entre el séptimo y el octavo asalto con esa teatralizada presencia del médico en el ring.

El combate nos regaló emoción a raudales y nos demostró una vez más que no hay nada más incierto y endeble que una especulación previa a una pelea de boxeo. No siempre el noqueador implacable es lo que transmiten los argumentos irrefutables ni nunca la victima propicia es tan propicia como todos la imaginamos.

Ortiz fue el dueño del ring, Wilder desnudó todas sus carencias. Ortiz nos demostró que a sus 39 años aún tiene boxeo del bueno y Wilder nos demostró que más allá de su poder en los puños, en la noche del Barclays Center le dio gran parte de razón a sus detractores.

Todo hay que explicarlo, como también hay que insistir en el terrorífico sistema para calificar peleas que una vez más también quedó expuesto, al momento de la detención de la pelea, los tres jueces tenían adelante a Wilder por un punto.

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