*Artículo escrito por Edu Casado y publicado en la página Manoamano Antifa.

Hannover, Alemania, 27 de diciembre de 1907. En el seno de una familia de etnia gitana que había abandonado el nomadismo nace Johann Wilhelm Trollmann. Un niño endeble que se gana el apodo de ‘Rukeli’, que en la lengua de los gitanos centroeuropeos significa “árbol joven“.

Empezó a boxear de pequeño en el club Heros de Hannover y poco a poco, gracias a un entrenador judío llamado Erich Seelig, se hizo con un nombre, ganando cuatro campeonatos regionales y participando en los nacionales. Estos éxitos le valieron ser seleccionado para los Juegos Olímpicos del 28 en Estocolmo, pero finalmente, por su raza, le fue prohibido participar. En su lugar fue un tipo de Hamburgo al que ya había noqueado Trollmann. La excusa que le dieron fue bastante surrealista: su estilo no era suficientemente alemán.

Al año siguiente se trasladó a Berlín y se hizo profesional. A pesar de su escasa corpulencia, compitió en los semipesados y gracias a su velocidad en el ring y a su juego de piernas, pudo hacer frente a auténticos matones. Llegados a este punto, en 1933 (el año en el que Hitler accedió al poder), a Trollmann se le presentó la oportunidad de competir por el título alemán. Su oponente era un tiparraco llamado Adolf Witt, un pegador más grande que el propio Trollmann. No era la primera vez que se enfrentaban. En sus tres combates anteriores, cada uno de ellos había ganado un combate y hubo un empate.

Trollmann era ya famoso en la Alemania de su época: su juego de piernas había sido bautizado como “El Baile de Trollmann” y encima las mujeres acudían por decenas a sus combates, atraídas por su racial aspecto.

El combate se celebró el 9 de junio de 1933 en la Bockbrauerei de Berlín. Rodeado de dirigentes nazis y con Witt como favorito, Trollmann puso en práctica sus técnicas: rapidez, juego de piernas y velocidad ante el torpe Witt. Encima, nuestro héroe se atrevía a hacer burlas a Witt e incluso a comentar el combate con los espectadores de las primeras filas. Mientras, Trollmann iba impactando golpes sobre Witt y al final del combate, el pequeño gitano estaba tan fresco como al principio y Witt ensangrentado. Llegó el momento de dar el resultado del combate, que todo el público creía que iba a ser para Trollmann, y tras una clara manipulación nazi, se declaró empate nulo. El escándalo fue mayúsculo y tras las vehementes críticas del público, los jueces se vieron obligados a nombrar campeón de Alemania a Trollmann, que no pudo evitar llorar de emoción.

Precisamente por eso, a la semana del combate, le llegó una carta de la Federación Alemana anunciándole que le quitaban el título por “comportamiento vergonzoso” (por llorar, vamos). La prensa especializada apoyó tan injusta decisión, ya que consideraban que los campeones de boxeo “no corren”.

Para acabar con la fama de Trollmann, las autoridades decidieron meses después organizar un combate con Gustav Eder, un boxeador pronazi famoso por la potencia de sus golpes. Para que el resultado fuera satisfactorio, la Federación exigió a Trollmann que ¡no se moviera en el ring!, ya que si lo hacía sería revocada su licencia. La idea era que Eder pudiera golpear tranquilamente al joven gitano para que la raza aria prevaleciera. Pero no tenían ni idea lo que Trollmann tenía preparado.

Llegó el día del combate y cuando entró nuestro héroe al ring, todo el mundo quedó en silencio. Trollmann se había decolorado el pelo y tenía el cuerpo cubierto de polvos de talco. El mensaje era claro: “¿Así os parece que soy más alemán?”. Trollmann, por otro lado, obedeció las consignas de la Federación: Se quedó quieto en el centro del ring y aguantó los puñetazos de Eder hasta que en el quinto asalto cayó derrotado.

Ese fue, en sentido estricto, el final de Trollmann como púgil profesional. Siguió peleando, pero ya no era él. La Federación le prohibió usar su estilo y estaba obligado a pelear quieto. Y por si fuera poco, cuando iba ganando los combates, en las pausas un funcionario del partido se acercaba a su esquina y le advertía: “¡Gitano, túmbate! ¡Túmbate o iremos a por tu familia!”. Esta insostenible situación le obligó a pelear en ferias y circos. Cuando esto llegó a oídos de la Federación Alemana, su licencia fue revocada.
Era 1935. Al año siguiente, Trollmann, que estaba casado con hijos, se divorció para que sus hijos pudieran cambiar de nombre y tener una esperanza en la vida. Las cosas se fueron torciendo y en 1938, una ley equiparó a los gitanos con los judíos y Trollmann, como muchos otros de su raza, fue esterilizado.

Al año siguiente, Johann Trollmann fue obligado a alistarse en el Ejército y fue enviado al terrible frente del Este, a vérselas con los soviéticos en unas condiciones penosísimas. Sobrevivió, no obstante, a la guerra, y en 1942 pudo disfrutar de un permiso y regresar a Alemania. Pero las cosas irían peor.

Al poco de llegar a casa, la Gestapo lo detuvo y lo envío al campo de concentración de Neuengamme, cerca de Hamburgo. Se convirtió en el preso 721/1943. Para su desgracia, los guardias del campo de concentración se enteraron de que era boxeador y concibieron una forma de tortura que para ellos era divertida. Tenían malnutrido a Trollmann y sólo le daban más de comer si perdía por KO en los combates que se organizaban en el campo. Y aquí, en principio, se acaba la historia de Trollmann, porque trascendió que en 1943 falleció. La versión oficial que dieron los nazis es que murió de forma natural. Otra decía que le habían disparado. La verdadera causa fue mucho peor.

Hace poco, un periodista llamado Roger Repplinger reveló las verdaderas circunstancias de su muerte, que tuvo lugar en 1944. Al parecer, le organizaron un combate contra otro recluso llamado Emil Cornelius. La particularidad es que este Cornelius era un kapo, que en el argot es el nombre que recibían los presos que colaboraban con los nazis y hacían de espías internos. Trollmann cometió el error de noquear a Cornelius delante de los guardas. Éste, enrabietado por la humillación, agarró un madero y apaleó hasta la muerte a Trollmann, ante la mirada impasible e incluso las burlas de los guardas, que ni se inmutaron al ver el cadáver ensangrentado de el ex campeón de Alemania de boxeo tirado en el barro.

Tuvieron que pasar casi 60 años para que la figura de Johann Trollmann fuera reconocida. La Federación Alemana de Boxeo reconoció su título en 2003 y a sus descendientes les fue entregado el cinturón de campeón. Además, en la ciudad de Hannover hay una calle con su nombre y en Hamburgo, frente a lo que fue el gimnasio donde ganó algunas de sus más memorables peleas, hay una placa que lo recuerda. En Berlín, por último, en concreto en el parque Viktoria, en el distrito de Kreuzberg, hay otro monumento dedicado a la memoria de Trollmann (en la foto). Se trata de un ring semihundido que recuerda la figura de uno de los deportistas más vilipendiados de la Alemania nazi, con una placa en su honor.