Colchaguino, policía y sobre todo, un guerrero. Heriberto Rojas fue el primer ídolo de este deporte en nuestro país, en una época en que las peleas eran a puño limpio y ganaba el que terminara en pie. Fueron cerca de 20 años de carrera donde cosechó elogios que lo llevaron a ser considerado, en su momento, como uno de los mejores pesos pesados del mundo.

Al hablar de boxeo chileno el inconsciente colectivo de inmediato nos remite a figuras como Martín Vargas, Arturo Godoy, Tani Loayza, Godfrey Stevens y para los menos instruidos nombres más mediáticos como Carlos Cruzat y la actual bicampeona mosca del mundo, Carolina “Crespita” Rodríguez.

Es que claro, el deporte es una actividad de momentos y cuando esos momentos pasan los nombres se olvidan y sólo perduran aquellos que, por alguna razón, trascendieron la esfera de lo estrictamente deportivo y se convirtieron en mito o en el caso de los menos preparados, figuras de la farándula nacional.

El punto es que ninguno de esos nombres podría haber alcanzado algo de la fama que disfrutaron de no ser por un grupo de guerreros que, a comienzos del siglo XX, aprovecharon el noble arte de los puños para derrotar a la miseria y el hambre que rodearon los primeros años de su existencia.

Guerreros dispuestos a dejar la sangre y algo más sobre un cuadrilátero, en peleas que podrían durar horas, batallas a mano limpia sin mayor protección que la piel que cubría esos huesos endurecidos por golpes y golpes a lo largo de sus vidas.

El primero de estos gladiadores modernos en Chile fue un hijo de la provincia de Colchagua: Heriberto Rojas, joven campesino proveniente de la zona huasa de Santa Cruz. “Desde 1905 hasta 1919 no hubo en nuestro país y en Sudamérica un peso pesado capaz de derrotarlo”, rezaban los cronistas de la época.

Heriberto Rojas fue el primer púgil en movilizar masas, la ciudad de Santiago se paralizaba para ver sus combates. Fue el 13 de agosto de 1905 la fecha en que el colchagüino hizo su debut en la capital. ¿Su rival?, un gringo de raza negra de nombre James Perry, un moreno de contextura imponente y que ya había paseado sus potentes y huesudos puños por diversos rings a lo largo de América.

Una crónica de Revista Estadio, publicada en el año 1946, describe el ambiente que se vivió aquél día: “hubo protestas, un muchacho inexperto de 19 años, con diez kilos menos de peso, pero una vez comenzada la pelea, el chileno demostró que era ágil, habilidoso y provocó que todos los golpes del norteamericano fueran a parar al aire mientras que una izquierda rápida repiqueteaba y hacía saltar sangre extranjera”.

Eran los tiempos en que las peleas duraban lo que aguantaban los hombres de pie, no había límite de rounds y las reglas eran escasas. Tampoco había federaciones ni mucha organización, lo único que abundaba era la sangre, como la que James Perry dejó regada esa tarde de agosto en nuestro país.

La crónica de Carlos Guerrero “Don Pampa” continúa “en cada round era mayor el dominio del bisoño púgil de casa y mayor el delirio de los aficionados. La pelea era a finish, se peleaba en ese tiempo sin límite de rounds, hasta que uno cayera, y al undécimo round James Perry, sangrando a chorros, se derrumbó. Sus dientes estaban esparcidos en el ring”.

El primer “rockstar” del boxeo nacional

Pese a lo violento del espectáculo, lo más granado de la aristocracia chilena acudía a ver sus peleas, cuentan las crónicas de la época que incluso Ismael Tocornal subió al ring en una ocasión para felicitarlo, al tiempo que una serie de cosas caían sobre el cuadrilátero a modo de reconocimiento, desde finos puros cubanos hasta bastones y otros objetos de valor.

De ahí en más Heriberto Rojas solo conoció de triunfos, fueron cerca de 30 peleas las que el oriundo de Santa Cruz sostuvo en nuestro país movilizando, en cada ocasión, una enorme cantidad de gente.

En el apogeo de su carrera, Rojas fue invitado a participar de una gira por Europa que lo llevaría por Francia y otros países. Lamentablemente, la Gran Guerra que inició en 1914 truncó sus aspiraciones y se devolvió a nuestro país sin haber podido concretar ni una pelea.

El retiro de un ídolo

Solo al final de su carrera, Heriberto Rojas conoció la derrota. Fue un norteamericano, Bob Devere, de raza negra y 101 kilos bien distribuidos, el que puso fin a la racha de triunfos del chileno. Devere había disputado títulos mundiales y en cuatro intensos rounds lo derrotó.

“El chileno cayó vencido, pero antes puso en juego toda su habilidad, su bravura, en una lucha en que tenía las desventajas de peso, de experiencia, de pegada, de sabiduría”, relata la crónica de Estadio.

El propio Heriberto Rojas repasó lo ocurrido aquél día “Aquella vez a la cuenta de seis comencé a sentir, e iba a pararme cuando el árbitro dijo diez. Después supe que don Salvador Sanfuente, que era el árbitro, contó apresuradamente para evitar que me pusiera en pelea nuevamente y evitarme el castigo inútil”.

Pero esta derrota no opacó los logros que hasta esa fecha había conseguido Rojas. Su figura ya era parte del ideario nacional y su leyenda se acrecentaba a medida que el boca a boca comentaba sus batallas en las cuales, generalmente, terminaba con el brazo empuñado en lo más alto.

Una de esas luchas fue la que lo enfrentó a Charles Kelly en el Coliseo Popular de Avenida Matta en 1906, obteniendo una bolsa de 15 mil pesos de aquellos tiempos, una verdadera fortuna. “El entusiasmo que despertaba el peso pesado, sensación del pugilismo de Sudamérica, quedó revelado esa noche. Quedó tanta gente afuera como público había adentro, y hubo gente colgada hasta de los barrotes de las galerías. Y la pelea duró solo 49 segundos, Kelly quedó KO en el primer round. Heriberto tiene pues un record, la pelea de menor duración de su época”, relataba la crónica de “Don Pampa”.

La última pelea oficial de Heriberto Rojas tuvo lugar el 20 de abril de 1918 en el Stadium Nacional, nuevamente fue un record de ventas, de hecho se ofrecieron servicios especiales de traslado para las masas de gente que concurrieron a alentar al gladiador colchagüino. Heriberto no defraudó, y si bien su victoria fue difícil, pudo retirarse vencedor y con el puño en alto como tantas veces lo hizo durante su dilatada carrera.

Luego de eso Heriberto Rojas se dedicó a la enseñanza de este deporte, puliendo a una nueva generación de peleadores en la que quizás haya sido la edad de oro del boxeo en nuestro país.

Rojas fue el primer gran campeón del boxeo chileno, si bien no tuvo chance de optar por una pelea al título mundial, el colchagüino fue un ídolo de masas incluso dentro de la alta sociedad de la época. Enrique Matte Eyzaguirre, Domingo Sutil, Enrique Balmaceda Toro e incluso Agustín Edwards, fueron seguidores e incluso amigos de este humilde hijo de campesino que, gracias a sus puños y su técnica, pudo alcanzar la gloria y el estrellato.

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