Entro a la clase y veo el lugar repleto de una manada de aspirantes a boxeadores – a la que me sumo afanosamente- , vuelvo a la casa a ponerme al día con la contingencia noticiosa del país y me tropiezo con una nota de prensa sobre el “Primer Centro municipal de Boxeo” (imposible no pensar en la farmacia popular del otro Jadue, el bueno), abro Facebook y me topo con una foto de la boxeadora del momento en la que anuncia que se prepara para la gala del Copihue de Oro (es difícil imaginarse algo más feo que un Copihue de Oro), recuerdo que durante este año un canal de televisión abierta ha transmitido farandulescamente varias peleas.

Definitivamente el boxeo está de moda. Pienso en el significado de esa moda, intento ir más allá de la banalización que el sentido común adhiere como sopapo a esta palabra.
La moda tiene que ver con el cambio incesante, pero como nos comenta el gran pensador Coco Chanel (si Coco Chanel) se conecta también con las ideas, la forma en que vivimos, lo que está sucediendo. Se me aparece como una epifanía tendenciosa e interesada, lo acontecido en las últimas semanas con el futbol, tanto a nivel dirigencial como con los hinchas.

Recuerdo a mi padre, porteño transplantado a la capital por ese entonces, recuerdo su oreja pegada a la radio como gesto de amor incondicional a su sufrido Wanderito, recuerdo los chistes de familiares Colocolinos y las sornas caturras de vuelta. Existe una dislocación brutal entre esas imágenes y las de la bullada última fecha del campeonato nacional de futbol.

Más aún, la radio y la oreja de mis recuerdos, me acercan más a las sensaciones que me sugieren mis experiencias como público del boxeo: los gritoneos de los viejos guatones con complejo de coach paternal; la transmisión de una radio ariqueña de la segunda fecha del campeonato nacional “en vivo y en directo para toooodos los ariqueños” y la cercanía cariñosa, pero no vehemente, con el deportista, la concentración del público está en que su boxeador gane, o incluso simplemente en mirar, pero en ningún caso el punto central es que el otro pierda. Más bien pareciera que se tratara de una identidad, pero no con la estrella del momento, no con una campaña mediocremente exitosa, ¿será la idea del club?, ¿la idea de ser parte de algo?, ¿un cariño compartido?, esa idea que parece ausentarse en la diligencias de Jadue por las Islas Vírgenes y en las diligencias de algunos hinchas en las canchas del plan Estadio Inseguro.

El sentido de pertenencia afloja sociedades anónimas mediante, pero en la memoria quedan resabios de otras formas de relación con el deporte en tanto espectador, quizás esa memoria sobrevive y no ha dejado de actualizarse constantemente a través, por ejemplo, de las marginales dinámicas del hincha del boxeo. Quizá el abandono de este deporte por parte de las autoridades, su falta de rentabilidad en nuestro país, ha salvado a los hinchas de mutar en meros consumidores de un espectáculo dónde parece que lo más importante es que el otro pierda, les ha permitido continuar en un estado de enamoramiento pueril con los combitos y quizá, ante la escasez de ese sentimiento en el futbol, ciertas nostalgias están volcándose al ring.

Encomendémonos a Rocky Marciano, a Godoy, a Firpo, a Sócrates y a Best, para que la moda del Boxeo aporte con algunos clinch a las Sociedades Anónimas del Futbol y con algunos conteos de protección para que los hinchas puedan resucitar los clubes.

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