La noche del 1 de junio fue vendida como la noche en la que el flamante nuevo rostro del boxeo, el nuevo rey de los pesos pesados, el icono del boxeo británico, Anthony Joshua, hiciera su debut en los Estados Unidos, en lo que sería su primer paso para el inevitable encuentro con Deontay Wilder y, por ende, la dominación global.

Para eso se había recurrido a un joven prospecto estadounidense, grande y con mucha proyección como Jarrel Miller, para demostrar al mundo que Anthony Joshua es el nuevo rostro del boxeo y el elegido para ser el relevo de nombres como Floyd Mayweather y Manny Pacquiao.

Así lo quería DAZN por lo menos y Eddie Hearn y la mercadotecnia, porque claro, un espécimen como Joshua no aparece todos los días, atlético, bien parecido, carismático, un imán para los jóvenes que quieren ser como él.

No me malentiendan, conozco la historia de Joshua, lo que ha hecho para llegar adonde está y su pasado de esfuerzo. Tampoco quiero decir que lo que consiguió hasta ahora fue regalado o solo gracias a su físico, pero hay que reconocer que para el negocio del boxeo, tener un campeón como Joshua era lo mejor que podía pasar.

Eso hasta la noche de este sábado, donde un deportista que representa todo lo contrario a lo que el mercado quiso mostrar con Joshua, dio el golpe a la cátedra y se hizo acreedor del título del mejor boxeador peso pesado del planeta.

Y eso tiene que haber descolocado a muchos, porque por más progresistas que quieran aparentar, un gordo con celulitis bajo sus brazos no podrá ser rostro de Calvin Klein, ni participará junto a las Spice Girls en algún Late Show norteamericano.

Andy Ruiz es gordo, latino, reservado y está más cercano a participar de extra en algún película sobre el régimen penitenciario estadounidense que ser la estrella de una superproducción hollywoodense, pero Ruiz representa otra cosa.

Ruiz representa la nobleza del boxeo, un deporte en el cual más allá de los soportes financieros que poseas sobre el cuadrilátero solo importan dos cosas, tu boxeo y tu fuerza de voluntad y el nuevo campeón dio una clase de ambas este sábado.

Andy Ruiz quizá no sea el campeón que el negocio del boxeo soñó, pero si es el campeón que el fanático siempre deseo, un campeón autentico, voluntarioso y que sin recibir ningún cheque a cambio pregonó aquello que tantas veces hemos visto en los avisos de las callas “Nada es imposible”.

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