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Entrena hace más de 5 meses y todavía no logra hacer bellas composiciones entre brazos y piernas. La más de las veces parece un robot con pretensiones de otra cosa y sin embargo ya ha comprado moretones de variadas formas y colores. La memoria motriz aún está en obra, se construye lentamente.

Pero no por parecer un robot pretensioso en sus horas de entrenamiento, su cuerpo es silencioso e irreflexivo. No se trata de incorporar automatismos corporales, se trata de hacer alquimia al tomar conciencia del cuerpo y de sus potencias de solitario frente a otro solitario.

Busca entonces maneras de llegar a la alquimia, se mira al espejo mientras ensaya golpes, hace sombra, escucha con atención las correcciones y explicaciones del profe. Pide de regalo para su cumpleaños un punching bag.

Instala el saco, se para frente a él y se dispone a estrenarlo. Al principio todo es silencio, ella está petrificada en su archiaprendida posición de combate para zurdos, pero mansamente la música va apareciendo. De pronto José Alfredo Jiménez se interpone entre ella y el punching bag y le canta de frenteLe pegó hasta que la muerte se le dibujo en la cara/ El lloró, con la victoria, y maldijo su destino/ Porque conquisto la gloria, pero se sintió asesino/ Después aventó los guantes, y se salió de las cuerdas/ A buscar cualquier camino”[1]. Ella se estaba reponiendo de la impresión cuando por atrás le tocan el hombro, mira a través del espejo y observa que Bob Dylan, con esa voz pastosa y en un español pésimo, le canta cerca del cuello “Rubin podía noquear a un hombre con un solo golpe/ Pero a él no le gustó hablar mucho de eso/ “Es mi trabajo”, decía, “y lo hago por dinero”[2]. Cuándo Bob terminó su cuento la que estaba aprendiendo miró hacia el suelo para poder pensar y se encontró con León Gieco, sentado sobre el piso. El viejito empezó a sacarle sonido a la armónica y a continuación cantó “El correntino saltarín mostraba su inocencia/ y entre las cuerdas se vio sangrar sus redondas cejas/ Qué pensará mi madre/ ay, ay sí, qué pensará/ Qué pensará mi barrio/ ay, ay sí qué pensará/ Qué me estará pasando que no lo puedo parar/ éste me está matando de verdad”[3]. Gieco terminó de cantar, se paró con dificultad, camino recto hacia la ventana y saltó. Mientras, dentro de la cabeza de ella, empezaba a sonar la Cavalleria rusticana, de Piero Mascagni[4].

Mascagni dejó de sonar, ella cayó en cuenta que se había quedado sola de nuevo, frente al punching bag, y entonces el ritmo fue apareciendo lentamente, las más distintas cadencias fueron acompañando la búsqueda que no termina. Esto no es un juego para señoritas ni para señores que pretenden que la nariz y las sienes no les sangren nunca.

De pronto la radio se prendió y empezó a sonar Tributo a Jack Johnson de Miles Davis, la música acompañó de manera impecablemente disconforme el ritmo que iba adquiriendo el golpeteo, pero el disco se interrumpió y fue la voz del mismo Miles Davis quién le anunció que era 03 de junio y que uno de sus grandes amores platónicos había muerto, la música volvió a sonar y ella siguió golpeando el saco con pena, no creía en el cielo, pero afortunadamente creía en fantasmas.

(Basado en hechos reales)

[1] Con la Muerte en los Puños. José Alfredo Jiménez.

[2] Hurricane. Bob Dylan.

[3] Cachito, campeón de corrientes.

[4] Apertura de la película Toro Salvaje.