En los últimos días, Estados Unidos ha vuelto a convertirse en el foco mundial de atención tras el asesinato del joven afroamericano George Floyd a manos de la policía, desatando un verdadero estallido social en ese país.

No es la primera vez que pasa y en este caso, como en todos los anteriores, el principal culpable tiene nombre y apellido: El racismo. Varios deportistas han decidido dejar de ser meros espectadores de estos hechos de violencia y discriminación, y se han sumado a la oleada de mensaje para detener de una vez por todas esta situación.

En Boxeadores.cl recopilamos tres historias, cuando estos hechos han empañado un deporte como el boxeo.

EL GIGANTE DE GALVESTON

Desde la creación del título mundial de los pesos pesados en 1885, el cinturón lo lucieron inicialmente un británico y cuatro estadounidenses. Todos blancos. El último de ellos era considerado el mejor, Jim Jeffries, quien se retiró invicto en 1904 tras nueve defensas exitosas y sin siquiera sufrir un knock down.

Paralelamente, comenzaba a ganar notoriedad un boxeador de raza negra. Su nombre era Jack Johnson y era conocido como el Gigante de Galveston. El púgil oriundo de Texas era descendiente directo de esclavos que habían sido liberados tras la abolición. Tras aprender la técnica de boxeo en Boston, regresó a la costa oeste de EE.UU. donde se ganaba la vida en peleas clandestinas.

Este oficio tenía riesgos y logró sortear a la policía hasta que fue descubierto en su combate ante Joe Choyinsky, quien tenía cierta fama tras ser el único púgil en arrebatarle un empate a Jeffries. Ambos fueron encerrados y cultivaron una amistad en la celda que le permitió a Johnson curtirse en la técnica defensiva del boxeo, perfeccionando el uso del clinch y el aprovechamiento de su altura para esquivar, inclinando el cuerpo hacia atrás.

De ahí en adelante, Johnson fue imparable sobre el ring. En 1903 se coronó campeón mundial de color (cinturón sólo para boxeadores negros) y en 1908 le arrebató el título mundial al canadiense Tommy Burns. Esta última pelea no estuvo exenta de polémica, ya que al ver a Burns prácticamente vencido, la policía australiana intervino sobre el ring e incluso frenó la filmación del combate. Pese a ello, la victoria de Johnson fue decretada por el árbitro.

En esa época, el escritor Jack London trabajaba como corresponsal y en sus notas redactó: “¿El combate? No hubo combate. Ni la masacre de Armenia podría compararse con la desesperada carnicería que hoy ha tenido lugar aquí. La pelea, si se la puede llamar tal, era como el enfrentamiento de un pigmeo con un coloso. Pero hay algo que ha quedado claro: Jim Jeffries debe salir de su granja de alfalfa y borrar la sonrisa del rostro de Jack Johnson. Jeff, ¡todo depende de ti ahora! El hombre blanco debe ser rescatado”.

Tras su temprano retiro, Jeffries se había radicado en el campo a cultivar en una granja. Durante sus años de boxeador, se había negado a pelear con el Gigante de Galveston. De hecho, afirmó en esa época que “ese Jack Johnson es un buen boxeador, pero es negro, y por ese motivo nunca pelearé contra él. Si yo no fuese el campeón me enfrentaría a él como a cualquier otro… pero lo soy, y el título no irá a manos de un negro mientras yo pueda evitarlo”.

El combate finalmente fue concertado en la ciudad de Reno, Nevada, y fue el primero en ser bautizado como “La pelea del siglo”. El evento congregó a unas 20 mil personas, pero se registraron multitudes en distintas ciudades alrededor de los teletipos locales (no existía radio en esa época aún).

El encuentro fue un monólogo para Johnson. Jeffries besó la lona dos veces y su esquina arrojó la toalla en el round 15. Sin embargo, el resultado de la pelea provocó una serie de disturbios en todo el país. Se registró una veintena de muertos y cientos de heridos. La fiesta afroamericana había chocado con los intentos de control policial y todo se desbandó.

Años después, el Gigante de Galveston fue acusado por la llamada ley Mann, que permitía procesarlo por tener parejas blancas, considerado escandaloso para la época. Tras ser condenado a prisión, huyó del país y se radicó en Europa, donde defendió el título hasta su derrota en 1915 ante otro gigante: Jess Willard. Pese a ello, mucho se especuló de un posible tongo, ya que Johnson señaló que le habían prometido permitir su regreso al país si entregaba el título. Sin embargo, al volver fue encarcelado y tuvo que cumplir su condena.

Tuvieron que pasar casi 100 años para que Johnson recibiera el perdón prometido. Se lo entregó Donald Trump el año 2018, a expresa petición del actor Sylvester Stallone junto a los descendientes del primer campeón mundial afroamericano.

DE CASSIUS CLAY A MUHAMMAD ALI

A mediados de los años ’60, el joven muchacho que había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma comenzaba a hacerse un nombre entre los pesos pesados del boxeo profesional. Brillaba por una agilidad nunca antes vista y, con 19 peleas invictas decidió retar al temible campeón mundial Sonny Liston, conocido por su mortífera pegada.

Así empezó la historia de grandeza de Cassius Clay, quien tras vencer en dos ocasiones a The Big Bear, decidió seguir sorprendiendo al mundo, esta vez fuera del ring. Anunció su afiliación a la Nación del Islam, un grupo que consideraba que en Estados Unidos habían dos naciones: una blanca y cristiana, y otra negra y musulmana.

Conocida era su cercanía con el pastor Martin Luther King, conocido por su activismo en favor de los derechos civiles. También forjó una importante amistad con Malcolm X, uno de los intelectuales más influyentes en la cultura afroestadounidense, quien fue precisamente ministro de la Nación del Islam, pese a que años después rompería con su líder, Elijah Muhammad, por diferencias ideológicas e incluso de valores, principalmente tras las acusaciones de que utilizaba su poder para mantener relaciones extramaritales con mujeres más jóvenes de la organización.

Clay, siguiendo los pasos de su amigo, también decidió renunciar a su apellido de esclavo y se presentó públicamente como Cassius X. Poco tiempo después optó por su definitivo Muhammad Ali.

La decisión de Ali lo llevó a confrontarse públicamente con leyendas del boxeo afroamericano, como Joe Louis y Floyd Patterson. Sin embargo, sus ideales no quedaron ahí, ya que pocos años después se negó a obedecer la orden de reclutamiento del ejército para pelear en la guerra de Vietnam. “La guerra está en contra de los preceptos sagrados del Corán (…) ningún Vietcong me ha llamado nunca nigger (forma despectiva de tratar a los negros en EE.UU.)”.

Ali fue a juicio por desacato y cada vez que el juez lo trataba por su nombre legal, Cassius Clay, él respondía con total seriedad: “Mi nombre es Muhammad Ali, señor”. Las autoridades le quitaron su licencia de boxeador y lo despojaron del título mundial pese a no haber perdido nunca un combate (tenía 29 victorias en 29 peleas). Todo por seguir sus ideales.

Este retiro forzado marginó a Ali de los rings en el mejor momento de su carrera. Tenía sólo 25 años. A su regreso en 1970, mucho se habló de que ya no tenía la agilidad ni el despliegue de su juventud, sin embargo, sus más grandes proezas las realizó en este segundo período, como la trilogía ante Joe Frazier o la batalla contra George Foreman en Kinshasa, Zaire (hoy República Democrática del Congo), una de las primeras peleas en organizarse en África.

Hasta su retiro, Ali mantuvo sus convicciones, se erigió como una de las grandes voces en contra del racismo y pasó a la historia como el mejor deportista de todos los tiempos, no sólo por su papel dentro del ring.

EL BANDIDO QUE TUMBÓ AL MURO

Buena parte del mundo del boxeo mantuvo silencio o derechamente respaldó la campaña de Donald Trump para presidente de Estados Unidos, incluso los latinos. Los seducía más el papel que había cumplido el magnate en el mundo del espectáculo que las ideas de deportación y marginación de los latinos que trataban de ganarse la vida en ese país.

En ese contexto, el mexicano Francisco “Bandido” Vargas buscaba un combate de regreso a los rings tras las duras batallas que había tenido ante sus compatriotas Orlando “Siri” Salido y Miguel “Alacrán” Berchelt un año antes.

La idea era encontrar un rival accesibles, pero lo suficientemente competitivo para que Vargas pudiera retomar el ritmo de combate en alto nivel, y así apareció el nombre de Rod Salka, un estadounidense de discreto récord, que había sido noqueado por Danny García, pero venía de cinco victorias consecutivas peleando en la costa este de EE.UU.

Sin embargo, más que por su papel dentro del cuadrilátero, Salka hizo noticia por cómo llegó vestido ese día. Traía un short con los colores de la bandera estadounidense, la frase “America 1st” (América primero, el eslogan de Trump) y el diseño de un muro.

La indumentaria era claramente una provocación, ya que una de las políticas migratorias que había anunciado recientemente el mandatario gringo era la construcción de muro en la frontera entre Estados Unidos y México.

Vargas no tuvo problemas con Salka, le dio tan duro que el estadounidense no quiso salir al sexto asalto. “Ya en el ring, lo del muro fue un ingrediente extra, cuando lo tenía, le daba con todo. Como sea, represento a México y siento que todo eso del muro es contra todos los paisanos”, dijo Vargas tras el combate.

Parece que la paliza tuvo efecto en Salka. Tras la derrota, explicó que “estuve 10 años en el ejército, estoy orgulloso de ser estadounidense, estoy orgulloso de ser de aquí. Quiero distinguirme personalmente del presidente Trump. Yo soy conservador y tengo puntos de vista conservadores, pero no soy intolerante ni racista hacia ningún grupo de personas”. 

El norteamericano incluso reveló que recibió un montón de insultos en sus redes sociales, pero insistió que la inmigración ilegal es un problema, y la distinguió de la inmigración en general. De hecho, él mismo se considera a sí mismo inmigrante, por sus raíces judías. “Creo que necesitamos poner a Estados Unidos primero mucho más de lo que lo hacemos, en muchos casos”, subrayó.

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