“¿¡Qué pinga te pasa!?”, le grita Ismael Salas a Yordenis Ugas antes de salir al octavo round contra Shawn Porter. Pareciera que el talante del coach cubano se anticipara al desastroso resultado de aquella disputa por el título mundial welter del CMB, donde los jueces demostraron cualquier cosa menos criterio (los tres coincidieron en apenas dos rounds ¡un escándalo!).

Tras ese combate, muchos se quedaron con la imagen del estadounidense cayendo en el round 12. ¿Golpe legítimo o resbalón? el debate continúa, pero en ese minuto de descanso, Salas parece apuntar a los problemas que presenta su propio pupilo, quien hasta ese minuto se ha quedado paralizado ante un desconcertante Shawn Porter, que salió a mostrar un boxeo estilista, defensivo, alejado del estilo brawler al que nos tiene acostumbrados, lo suficientemente efectivo para cerrar correctamente la mayoría de los rounds y quedarse con la pelea.

Pese a toda la batahola por el dictamen final, pareciera que todos ignoraran el pecado capital que cometió Ugas: no salió a buscar la pelea y se afincó en el manual de la escuela cubana de boxeo, construida para el olimpismo y no para el profesionalismo.

Los boxeadores cubanos hacen descansar toda su reputación en un jab punzante para abrir guardias desde distintos ángulos, una defensa anclada en el juego de piernas y el contragolpe como arma fundamental para producir daño al rival. Sin embargo, ese estilo “robotizado” -como lo define el analista argentino Ernesto Cherquis Bialo- trae consigo una serie de consecuencias que hasta ahora son las causas principales de su propia decadencia: un abuso de la larga distancia -adaptado al biotipo de los espigados púgiles de la isla-, escaso uso de los golpes de poder y, en definitiva, un estilo mezquino y poco atractivo.

Sin embargo, los hechos comienzan a modificar el dominio histórico de la fórmula cubana en el mundo amateur y poco a poco ha comenzado a ser leída -y derribada- por las escuelas derivadas de la ex Unión Soviética (principalmente Rusia, Uzbekistán y Kazajistán). Paralelamente, se ha generado un derrumbe en cadena de los campeones mundiales isleños en el campo profesional.

Todo comenzó con la inapelable derrota de Yuriorkis Gamboa ante Terence Crawford en 2014 por el título súper ligero. El llamado Ciclón de Guantánamo no ha podido levantar cabeza desde entonces y ahondó su mala racha en 2017 ante el modesto Robinson Castellanos. Ese mismo año, le siguió Guillermo Rigondeaux, quien cayó estrepitosamente ante Vasyl Lomachenko, y el crucero Mike Pérez quien no pudo ante el letón Mairis Briedis, ambos combates con títulos mundiales en disputa.

En 2018, siguieron cayendo como moscas y registraron derrotas Yuniel Dorticos, Luis “King Kong” Ortiz, Rances Barthelemy y Sullivan Barrera. Finalmente, 2019 parece ser la guinda de la torta, ya que junto a Ugas también sufrió una derrota clave Erislandy Lara, hoy nacionalizado estadounidense.

¿Qué pasa con los boxeadores cubanos? Efectivamente hay un problema con la automatización. En este caso, la traslación de la escuela olímpica a la profesional se hace casi sin miramientos y no hay una conciencia totalmente desarrollada de que estamos frente a un deporte prácticamente distinto. Es decir, el púgil cubano pelea igual en el boxeo olímpico y en el profesional, salvo por el evidente mayor gasto energético, que obliga a aumentar las reservas, descansar más en los contragolpes y evitar la iniciativa propia, que se asume como desgastante físicamente.

La escuela cubana puede servir para pulir técnicamente a boxeadores que se han formado fuera de la isla, porque los nutre de recursos -el papel de Ismael Salas en ese sentido es superlativo-. Pero el púgil cubano que huye de la isla, cuando llega a Estados Unidos está 100% formado, incluso con medallas bajo el brazo y con un estilo consolidado, que lo convierte en un difícil alumno para cualquier entrenador que lo quiera moldear. Es decir, ya está viejo deportivamente.

En la experiencia norteamericana, lo natural es que un boxeador tenga una carrera amateur corta, con un ciclo olímpico como máximo. De este modo, la idea es que su adaptación al profesionalismo la logre antes de los 24 años.

¿Pero qué pasa con boxeadores exitosos con una carrera amateur larga, como los ucranianos Oleksandr Usyk o Vasyl Lomachenko? Primero asumir que la adaptación de ambos ha sido fácil es subestimar su propio proceso. Pensemos que Lomachenko, pese a tener un récord formidable en el olimpismo, perdió en su segunda pelea ante Orlando Salido. Y lo de Usyk hay que verlo si decide dar el salto a los pesados, donde evidentemente existe una oposición mayor a la exhibida por sus rivales en el peso crucero.

Pero por otro lado, ellos se desenvuelven de mejor forma en el profesionalismo gracias a un estilo mucho más flexible que el cubano, que no reniega de las distancias media y corta, que articula movimientos de piernas para ataque y defensa, que se nutre de la iniciativa del boxeador, de su inteligencia sobre el ring y la autonomía que tiene para decidir las combinaciones de golpes adecuadas según el rival. En este caso, la subjetividad y la creatividad se superponen al manual y la ciencia malentendida.

De momento, el boxeo profesional cubano no da señales de recuperación y actualmente está apartado de la élite mundial, mientras su mejor exponente lleva una semana entera reclamando robo ante Shawn Porter. “¿¡Qué pinga te pasa, Yordenis!?”, le repetía su esquina esa noche, palabras que debieran resonar más profundamente.

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